viernes, 29 de enero de 2010

To be continued…

Dicen que segundas partes nunca fueron buenas, pero con el documental de los 60 años de Federico en la India hemos abierto un camino que puede llevarnos a muchas otras partes. De momento hemos recorrido un buen trecho y, después de terminar el rodaje en diciembre, hemos hecho una pausa. Pero esto no es más que un punto y aparte, un “to be continued”…

El equipo de filmación de Narada Films regresó a casa con ese peculiar cansancio que dejan las experiencias intensas: un cansancio grato, colmado de satisfacción. Hemos vuelto cada uno a nuestra trabajo, a nuestro día a día... pero con la sensación de haber aprendido a vivirlo todo de otra forma. En la India aprendimos a construir sobre la marcha, a medida que captábamos la diversidad del país y nos impregnábamos de la esencia de sus gentes. Nuestra espíritu fue en todo momento el de la exploración: buscábamos elementos que nos ayudaran a contar la transformación de Father Sopeña (o Tiet Federico), y de la India, a lo largo de estos 60 años.

La tarea no fue fácil; tener ante la cámara a un actor principal al que no le gusta ser protagonista fue, más que una paradoja, ¡todo un reto! Añadido, claro está, a otros logísticos y prácticos como el de gestionar las expectativas individuales de una troupe variopinta y creciente: a medida que avanzaba el mes se iban sumando familiares, amigos, allegados… ¡¡todos bienvenidos!!

Cada uno contribuyó a su manera a enriquecer la experiencia y aportar ideas para hilvanar los retazos de la historia que íbamos capturando aquí y allá. Tras muchas conversaciones y algunas tormentas de ideas (qué gran expresión…), regresamos a casa con un plan y una estructura en mente. Sin embargo, la fase de montaje que ahora iniciamos será clave para darle forma al documental. Visualizar las 39 horas de metraje con una mirada fresca será fundamental para saber qué material tenemos realmente entre manos y qué queremos hacer de él. ¡Convertir lo uno en lo otro será pura alquimia!

En los próximos días (febrero 2010) os informaremos de los pasos que vamos a seguir y del calendario previsto. El proceso será largo –lo tenemos que compaginar con nuestras vidas profesionales, familiares y demás—, pero hay platos que es mejor cocer a fuego lento. Muchos nos habéis preguntado ¿para cuándo el estreno? Pues bien, si algo hemos interiorizado en la India ha sido la virtud de la paciencia. Nuestro protagonista lleva 60 años aprendiendo hindi, ¡y continúa en ello!

Para nosotros este viaje no tiene un punto de llegada. No queremos limitarnos a rendir cuentas con la edición de un DVD. Deseamos compartir el viaje con los que habéis apostado por él y con los que os vais apuntando a esta aventura incierta. Por eso desde un inicio abrimos este blog, para que vivieseis con nosotros el proyecto... ¡y ojala participarais todos!. Completaremos este ejercicio de transparencia y rendición de cuentas con la próxima publicación de informes de seguimiento –narrativos y financieros—, y a los que lo solicitéis os enviaremos el certificado de desgravación fiscal (lo cortés no quita lo valiente ;-)

Por el momento, agradecemos vuestro apoyo y vuestro acompañamiento. Con la misma sonrisa con la que la gente de la India nos acogió en sus casas y nos abrió sus corazones, os damos las gracias, señores y señoras lector@s, por seguirnos y alentarnos.

Narada Team

Diciembre 2009

martes, 19 de enero de 2010

¡MÁS ALLÁ DEL EVEREST!

Tras los pasos de Federico Sopeña, 60 años después de su llegada a la India, llegamos al estado de Bengala, fronterizo con Tíbet y Nepal. Volamos a Baghdogra, instalamos el campamento base en Kalimpong y de allí nos desplazamos hasta la ciudad de Darjeeling.

El camino a partir de entonces no es nada fácil. Pero, ¿a quién se le ocurriría esperar comodidades en un trekking a 3.800 metros de altura? Parte del viaje lo hacemos en jeep. La carretera se abre paso entre precipicios sin fondo, trazando inverosímiles curvas. Luego caminamos por la cadena de montañas Singalia, que nos depara una de las mejores vistas de los Himalayas, con el Kanchenjunga al este y el Everest al oeste. Admiramos extasiados  un escenario inenarrable; bajo el cielo azul, nuestros pies se afanan sin dolor y las piernas vuelan.

Entumecidos por el frío extremo, nuestros dedos cliquean a diestra y siniestra. Las máquinas registran fielmente fragmentos enmarcados de la belleza que se extiende a nuestro alrededor, mientras las mejores imágenes quedan impresas para siempre en nuestra memoria. Lugar ideal para aficionados a la montañismo, coleccionistas de plantas medicinales y admiradores de orquídeas, este paraíso nos regala visiones y vivencias que jamás olvidaremos.

Entre pinares, arbustos de rododendro, orquídeas y helechos, el parque nacional alberga sorpresas. Con suerte, uno puede encontrarse con algún panda rojizo merodeando en busca de brotes de bambú.  Con mejor suerte –y algo de susto— puede coincidir también con algún leopardo blanco husmeando el rastro de una liebre o de algún desdichado cabrito.

Tras dos noches en los refugios de Sandakphu y Phalut, donde solo el calor humano logra imponerse al frío exterior, regresamos a Kalimpong, con escala de nuevo en Darjeeling.

El campo, las ciudades y los pueblos dibujan un paisaje colorista. Hombres y mujeres lucen ataviados con sus tradicionales vestidos, que revelan su etnia y procedencia: nepalíes, lepchas, bhutias, butaneses y tibetanos conviven en esta “tierra de gurkas”. Las colegialas de risa entrecortada a nuestro paso, los grupos de chicos altos y desgarbados, los dulces perfumes de agarbatti, los coolies encorvados bajo pesadas cargas y el incesante tráfico, atestado de hombres en moto, componen un panorama exótico, sugerente y novedoso.

Bajo esa cara amable, la desnutrición, la pobreza, el trabajo infantil, el desempleo, el analfabetismo, el SIDA, la tuberculosis y la muerte son huéspedes frecuentes en muchas familias.

A esta tierra tan bella como desconocida llegaron en el año 1926 las Hermanas de San José de Cluny. Su “misión” era muy clara: hacer valer el principio de justicia entre los más débiles, los que, por no tener, no tienen ni voz. Niños, jóvenes, mujeres, hombres y ancianos recibieron gracias a ellas salud, educación y sustento; hallaron sabiduría, medios para el desarrollo y, sobre todo, esperanza para construir con su propio esfuerzo un mundo mejor. 

Hoy encontramos a las Hermanas trabajando con marginados, huérfanos, refugiados y enfermos terminales. En colegios, en centros socio-sanitarios, en oficinas del gobierno... Allí donde consiguen hacerse presentes luchan por la justicia y los derechos humanos. En las aldeas viven entre familias de leñadores, coolies o pequeños agricultores. Forman grupos de pequeños ahorros y promueven organizaciones para reclamar los derechos constitucionales de la población.

La fuente de la que beben el agua de la vida estas mujeres fuertes mana del espíritu de su fundadora, Anne Marie de Javouhey. Dos siglos atrás, tras la violencia de la Revolución Francesa, esta carismática mujer proclamó Justicia, Igualdad y Fraternidad en su propia tierra, si bien de una forma muy distinta. Acompañada por un grupo de seguidoras, cruzó mares y montañas para llevar trabajo y dignidad a los más pobres, primero en la Guyana Francesa y después en el corazón de África Ecuatorial. Ni los reptiles, ni las fieras, ni las dificultades materiales,  ni la oposición humana  pudieron silenciar aquella Buena Nueva, expresada no en largos discursos, sino en obras concretas y tangibles.

En vida aún de sus propias hermanas, aquel grupo de mujeres emprendió el arriesgado viaje a la India y estableció su primera comunidad en tierras de Asia en Pondicheri. Poco a poco se crearon nuevas residencias. En 1926 llegaron a las estribaciones de los Himalayas y fundaron su primera casa de la región en la pequeña (por entonces) villa de Kalimpong. Hoy trabajan en 27 comunidades de la zona, situadas en lugares tan distantes como Darjeeling, Sikkim, Assam o Nepal.

Quien ha tenido la suerte de conocer su carisma sabe bien que estas mujeres, curtidas por el viento helado de las alturas y el húmedo calor de los llanos, están dispuestas a caminar hasta MÁS ALLÁ DEL EVEREST si oyen la palabra VENID.


Andreu Gusi, Agnès Felis, Rohan Arthur, Federico Sopeña

Mumbai, Enero 2010

sábado, 19 de diciembre de 2009
















El agua es vida

El espíritu de Dios soplaba sobre las aguas. El agua es vida. Incluso el hombre proviene de las aguas del Océano.

Hace 50 años, en varias talukas (comarcas) del estado de Maharashtra había hambre y malnutrición, y los campos se secaban después de los monzones. Muchos campesinos emigraban a otras partes del estado más fértiles en busca de pan y trabajo. Los internados se veían forzados a cerrar sus puertas y devolver a los niños a sus casas.

Personas como Vicente Ferrer, Ángel Montalvo, Joaquín Barranco, Antonio Ribas Padrós o Luis Alberto Martín de los Ríos mendigaban en Bombay para sustentar sus hostels. Un ingeniero en investigación electrónica, Winin Pereira, se negó a entregarles más limosna sin antes analizar la causa principal de aquella indigencia.

Winin les invitó a ir a las raíces del problema, que se manifiesta sobre todo en forma de pobreza. Pero, ¿qué hay detrás de ella? ¿Por qué tras la abundancia de lluvias en los meses del monzón no tarda en escasear el agua? El análisis identificó las causas: falta de regadío y nula gestión del agua. El exceso de agua puede erosionar la tierra y, junto con la deforestación, destrozar las cosechas. La posterior sequía impide obtener recursos y termina por provocar hambre, enfermedades y falta de trabajo.

La solución está clara: hay que almacenar el agua que cae en abundancia sobre esos campos ávidos de regadío. Si, además de contar con pozos y pequeños pantanos, aprendemos a administrar el agua de las cuencas de los ríos, tendremos agua suficiente para beber y regar los campos durante todo el año.

Ese es parte del trabajo que Maharashtra Pravodhan Seva Mandal lleva realizando desde hace medio siglo. Al frente del mismo se ha empleado a fondo una generación de emprendedores jesuitas; aparte de los mencionados, el presente director (Peter Baba, Pedro Massaner SJ) y sus lugartenientes (Joe Kantela y Wendell D’Cruz) han aunado sus fuerzas. Cuentan, además, con un nutrido equipo de peritos agrícolas, trabajadores sociales y administrativos.

Joe y Wendell nos mostraron todos los proyectos y observamos la gran visión, la verdad y la realidad a la que respondía la profecía de Winin Pereira. No fue un milagro. Donde antes había hambre, desempleo y enfermedad, donde la sequía agrietaba el suelo de los campos de arroz, donde las plantas y los árboles apenas lograban sostener sus hojas... hoy día la vida brota en todas partes. Ya no hay hambre. Los pozos y pantanos están llenos de agua. Los niños van a la escuela, las madres miran con esperanza el futuro de sus hijos. Los campesinos se muestran orgullosos de esperar una segunda cosecha, de su huerta y de sus árboles frutales, cuyos productos se venden en los mercados de los alrededores.

Los multipréstamos a los campesinos para la compra de equipos agrícolas y de regadío, de semillas y de tejas para las viviendas, han incrementado los recursos de la población. La constitución de grupos de autoayuda, con mecanismos de solidaridad y corresponsabilidad para la gestión y devolución de los préstamos, y el desarrollo de una mejor base educativa –ahí están los tres colegios de Shingarpada (Mahajeh), Tilloli y Ambatha— han generado una transformación económica, social, humana y espiritual en toda la región. El dicho de Hobbes “Homo homini lupus” (el hombre es un lobo para el hombre) se ha transformado en “Homo homini amicus”: el hombre es un amigo para el hombre.

El agua es vida.

jueves, 17 de diciembre de 2009











Bambúes en flor

Las primeras palabras que se me ocurren tras haber conocido a Ashok y Sonali son “bambúes en flor”.

Para llegar a Ambata, a 100 kilómetros de la población de Nashik, en las estribaciones de la cordillera de Saputara, la carretera zigzaguea entre sierras y valles. Los campos de arroz, de juari y de trigo recién plantado mantienen el paisaje siempre verde. Las acacias, los árboles de teca, los bambúes y los bosques de sadara flanquean la carretera y custodian el paisaje desde lo alto de los picos.

A mediodía llegamos al colegio e internado de Ambata, Prabodhan Vasatigriha, que acoge a unos 500 alumnos y alumnas. Entre ellos conocemos a Ashok, un chico de piel morena, y a Sonali, una chica de largas trenzas decoradas con lazos rojos. Ambos tienen alrededor de 15 años.

Nos remontamos al origen de su historia...

Bendita sea la primera y casi fortuita visita de Joaquín Barranco SJ a la región, hace poco más de 40 años. Compró tierra y construyó el primer hostel, a poca distancia del colegio que había edificado el Gram Panchayat (ayuntamiento de un grupo de aldeas). Con ello conseguía que cientos de niños Adivasis que vivían en zonas remotas tuvieran acceso a la educación. Más adelante, en los años ochenta, los jesuitas abrieron un colegio de bachillerato superior para completar el ciclo educativo de los niños Adivasis.

Hoy, 30 años después de su nacimiento, aquel colegio necesita urgentemente reparaciones de tanto calado que los jesuitas han decidido levantar un nuevo edificio. La primera fase de construcción del nuevo equipamiento de tres plantas ha sido posible gracias a la generosidad del MPSM, Infant Jesus Shrine; la provincia de Bombay y la comunidad de Ambata han gestionado su ayuda. Pero para finalizar la obra hay que reunir aún una parte sustancial de los fondos necesarios. Las escuelas de la comarca miran esta institución como un modelo a seguir.

Las temporadas de siembra y cosecha son períodos de vacaciones escolares: de esta manera los alumnos pueden ayudar a sus padres en las faenas del campo. Incluso los maestros y las maestras se unen a las familias para contribuir a tan importante tarea.

La niña Adivasi, Sonali, nos cuenta que vive con otras 140 chicas en una residencia recién construida gracias a las aportaciones del grupo Amics de Ambatha de Mallorca. La educación les proporcionará, a ella y a sus compañeras, una mejor comprensión del desarrollo agrícola, y mejorará así su calidad de vida. A Ashok, la educación le dará más oportunidades y le permitirá elegir entre la actividad agrícola y otras profesiones.

En el viaje de regreso, a la caída de la tarde, cada recodo nos depara una sorpresa; el verde de la campiña, dorado por la puesta de sol, va tomando lentamente los matices de las pinturas de Van Gogh. Los bambúes en flor me recuerdan las palabras de Ashok y Sonali: “en breve nosotros también recogeremos el fruto de estos años de estudio, gracias a nuestro trabajo, al compromiso de los maestros y maestras, y a la inestimable generosidad de los donantes”.

lunes, 7 de diciembre de 2009

“Una catedral” para los Adivasis

El viaje a Mahad, a 160 kilómetros de Mumbai por la carretera hacia Goa, es de una belleza sorprendente. En esta época del año, en lugar de los áridos valles y los montes secos que cabría esperar, uno se encuentra con un valle frondoso regado por el río Savitri. La ruta transcurre entre bosques de teca, acacias, orquídeas, arboledas y campos de arroz que, al ponerse el sol, visten el paisaje de un verde dorado. A un kilómetro de la ciudad de Mahad se halla Jankalyan Trust, un internado y centro de trabajo social que nació hace algo más de 15 años.

Corría 1993 cuando el entonces Director de la llamada “Misión de Bombay” me comunicó que una bienhechora de Valencia dejaba una cantidad importante de dinero para la construcción de una iglesia. Mi respuesta fue hacerle llegar a aquella señora la intención que tenía yo en aquel momento de comprar, en nombre de la Diócesis de Bombay, un terreno en la población de Mahad. Quise subrayar que, si aceptaba la propuesta de adquirirlo, el terreno se destinaría a la construcción de un internado para niños Adivasis en el cual todos los días de fiesta se celebraría la eucaristía para la comunidad cristiana. Nuestro propósito era darle al edificio un uso cotidiano a favor de los más necesitados. Fue el Señor quien dijo: “Dejad que los niños se acerquen a mí”.

El solar se compró y, en el transcurso de estos años, el Padre Carlton Kinny, responsable de la gestión del terreno, ha ido adquiriendo parcelas adyacentes. Junto con los padres de los internos Adivasis, ha sembrado campos de arroz y huertos de verduras, ha construido un establo para 35 vacas y ha rodeado el internado (que acoge a 110 niños Adivasis) de árboles frutales. Hoy día, en medio de la finca se está levantando un vasto edificio de tres plantas. Será en breve “la catedral” de los Adivasis.

Las catedrales han proporcionado desde hace siglos autoestima y orgullo a los cristianos. Hoy son para nosotros un recuerdo de la fe de nuestros antepasados, y siguen siendo una fuente de orgullo por la belleza arquitectónica que encontramos en ellas, como por ejemplo la Notre Dame de Paris, Santiago de Compostela o la Catedral de Westmister.

Los Adivasis profesan una religión cósmica e invocan el espíritu supremo en todas partes: puede hacerse presente en el interior de un bosque, en la confluencia de dos ríos, en la cumbre de un monte o en una encrucijada de caminos. Los lugares en los que se manifiesta se marcan con piedras pintadas de un color anaranjado. Además, dicho espíritu asiste a los seres humanos en los momentos cruciales de su vida: el nacimiento, la adolescencia, el compromiso matrimonial, la enfermedad, la muerte y el culto a los antepasados.

El Adivasi no precisa de ningún edificio en el que encontrar a Dios o entrar a rezar. El universo está lleno de señales que indican su presencia. La finca de Mahad –que además del internado incluye un centro de formación para niños y jóvenes, uno de acción social, uno de reuniones y uno de oración— es motivo de orgullo porque, sencillamente, se ha construido para ellos.

Existirá siempre una tensión entre las necesidades básicas educativas y sociales de los más vulnerables (entre los 10.000 Adivasis, en la cercanía de Mahad, el 80% son analfabetos) y el orgullo de la apenas creciente población católica (105 según el directorio de la Diócesis de Bombay). Esta última sueña con una ostentosa iglesia al estilo europeo.
Al recordar el himno eucarístico “ubi caritas et amor Deus ibi est” (“donde reina la caridad y el amor, Dios está presente”), el edificio cobra todo su sentido: es, para los Adivasis, como “una catedral”.

Aquella valenciana, que Dios la bendiga, dejó una herencia para levantar con ella una pequeña iglesia. Hoy, su último deseo se convertierte en “una catedral” para los Adivasis.