El viaje a Mahad, a 160 kilómetros de Mumbai por la carretera hacia Goa, es de una belleza sorprendente. En esta época del año, en lugar de los áridos valles y los montes secos que cabría esperar, uno se encuentra con un valle frondoso regado por el río Savitri. La ruta transcurre entre bosques de teca, acacias, orquídeas, arboledas y campos de arroz que, al ponerse el sol, visten el paisaje de un verde dorado. A un kilómetro de la ciudad de Mahad se halla Jankalyan Trust, un internado y centro de trabajo social que nació hace algo más de 15 años.
Corría 1993 cuando el entonces Director de la llamada “Misión de Bombay” me comunicó que una bienhechora de Valencia dejaba una cantidad importante de dinero para la construcción de una iglesia. Mi respuesta fue hacerle llegar a aquella señora la intención que tenía yo en aquel momento de comprar, en nombre de la Diócesis de Bombay, un terreno en la población de Mahad. Quise subrayar que, si aceptaba la propuesta de adquirirlo, el terreno se destinaría a la construcción de un internado para niños Adivasis en el cual todos los días de fiesta se celebraría la eucaristía para la comunidad cristiana. Nuestro propósito era darle al edificio un uso cotidiano a favor de los más necesitados. Fue el Señor quien dijo: “Dejad que los niños se acerquen a mí”.
El solar se compró y, en el transcurso de estos años, el Padre Carlton Kinny, responsable de la gestión del terreno, ha ido adquiriendo parcelas adyacentes. Junto con los padres de los internos Adivasis, ha sembrado campos de arroz y huertos de verduras, ha construido un establo para 35 vacas y ha rodeado el internado (que acoge a 110 niños Adivasis) de árboles frutales. Hoy día, en medio de la finca se está levantando un vasto edificio de tres plantas. Será en breve “la catedral” de los Adivasis.
Las catedrales han proporcionado desde hace siglos autoestima y orgullo a los cristianos. Hoy son para nosotros un recuerdo de la fe de nuestros antepasados, y siguen siendo una fuente de orgullo por la belleza arquitectónica que encontramos en ellas, como por ejemplo la Notre Dame de Paris, Santiago de Compostela o la Catedral de Westmister.
Los Adivasis profesan una religión cósmica e invocan el espíritu supremo en todas partes: puede hacerse presente en el interior de un bosque, en la confluencia de dos ríos, en la cumbre de un monte o en una encrucijada de caminos. Los lugares en los que se manifiesta se marcan con piedras pintadas de un color anaranjado. Además, dicho espíritu asiste a los seres humanos en los momentos cruciales de su vida: el nacimiento, la adolescencia, el compromiso matrimonial, la enfermedad, la muerte y el culto a los antepasados.
El Adivasi no precisa de ningún edificio en el que encontrar a Dios o entrar a rezar. El universo está lleno de señales que indican su presencia. La finca de Mahad –que además del internado incluye un centro de formación para niños y jóvenes, uno de acción social, uno de reuniones y uno de oración— es motivo de orgullo porque, sencillamente, se ha construido para ellos.
Existirá siempre una tensión entre las necesidades básicas educativas y sociales de los más vulnerables (entre los 10.000 Adivasis, en la cercanía de Mahad, el 80% son analfabetos) y el orgullo de la apenas creciente población católica (105 según el directorio de la Diócesis de Bombay). Esta última sueña con una ostentosa iglesia al estilo europeo.
Al recordar el himno eucarístico “ubi caritas et amor Deus ibi est” (“donde reina la caridad y el amor, Dios está presente”), el edificio cobra todo su sentido: es, para los Adivasis, como “una catedral”.
Aquella valenciana, que Dios la bendiga, dejó una herencia para levantar con ella una pequeña iglesia. Hoy, su último deseo se convertierte en “una catedral” para los Adivasis.
lunes, 7 de diciembre de 2009
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