Tras los pasos de Federico Sopeña, 60 años después de su llegada a la India, llegamos al estado de Bengala, fronterizo con Tíbet y Nepal. Volamos a Baghdogra, instalamos el campamento base en Kalimpong y de allí nos desplazamos hasta la ciudad de Darjeeling.
El camino a partir de entonces no es nada fácil. Pero, ¿a quién se le ocurriría esperar comodidades en un trekking a 3.800 metros de altura? Parte del viaje lo hacemos en jeep. La carretera se abre paso entre precipicios sin fondo, trazando inverosímiles curvas. Luego caminamos por la cadena de montañas Singalia, que nos depara una de las mejores vistas de los Himalayas, con el Kanchenjunga al este y el Everest al oeste. Admiramos extasiados un escenario inenarrable; bajo el cielo azul, nuestros pies se afanan sin dolor y las piernas vuelan.
Entumecidos por el frío extremo, nuestros dedos cliquean a diestra y siniestra. Las máquinas registran fielmente fragmentos enmarcados de la belleza que se extiende a nuestro alrededor, mientras las mejores imágenes quedan impresas para siempre en nuestra memoria. Lugar ideal para aficionados a la montañismo, coleccionistas de plantas medicinales y admiradores de orquídeas, este paraíso nos regala visiones y vivencias que jamás olvidaremos.
Entre pinares, arbustos de rododendro, orquídeas y helechos, el parque nacional alberga sorpresas. Con suerte, uno puede encontrarse con algún panda rojizo merodeando en busca de brotes de bambú. Con mejor suerte –y algo de susto— puede coincidir también con algún leopardo blanco husmeando el rastro de una liebre o de algún desdichado cabrito.
Tras dos noches en los refugios de Sandakphu y Phalut, donde solo el calor humano logra imponerse al frío exterior, regresamos a Kalimpong, con escala de nuevo en Darjeeling.
El campo, las ciudades y los pueblos dibujan un paisaje colorista. Hombres y mujeres lucen ataviados con sus tradicionales vestidos, que revelan su etnia y procedencia: nepalíes, lepchas, bhutias, butaneses y tibetanos conviven en esta “tierra de gurkas”. Las colegialas de risa entrecortada a nuestro paso, los grupos de chicos altos y desgarbados, los dulces perfumes de agarbatti, los coolies encorvados bajo pesadas cargas y el incesante tráfico, atestado de hombres en moto, componen un panorama exótico, sugerente y novedoso.
Bajo esa cara amable, la desnutrición, la pobreza, el trabajo infantil, el desempleo, el analfabetismo, el SIDA, la tuberculosis y la muerte son huéspedes frecuentes en muchas familias.
A esta tierra tan bella como desconocida llegaron en el año 1926 las Hermanas de San José de Cluny. Su “misión” era muy clara: hacer valer el principio de justicia entre los más débiles, los que, por no tener, no tienen ni voz. Niños, jóvenes, mujeres, hombres y ancianos recibieron gracias a ellas salud, educación y sustento; hallaron sabiduría, medios para el desarrollo y, sobre todo, esperanza para construir con su propio esfuerzo un mundo mejor.
Hoy encontramos a las Hermanas trabajando con marginados, huérfanos, refugiados y enfermos terminales. En colegios, en centros socio-sanitarios, en oficinas del gobierno... Allí donde consiguen hacerse presentes luchan por la justicia y los derechos humanos. En las aldeas viven entre familias de leñadores, coolies o pequeños agricultores. Forman grupos de pequeños ahorros y promueven organizaciones para reclamar los derechos constitucionales de la población.
La fuente de la que beben el agua de la vida estas mujeres fuertes mana del espíritu de su fundadora, Anne Marie de Javouhey. Dos siglos atrás, tras la violencia de la Revolución Francesa, esta carismática mujer proclamó Justicia, Igualdad y Fraternidad en su propia tierra, si bien de una forma muy distinta. Acompañada por un grupo de seguidoras, cruzó mares y montañas para llevar trabajo y dignidad a los más pobres, primero en la Guyana Francesa y después en el corazón de África Ecuatorial. Ni los reptiles, ni las fieras, ni las dificultades materiales, ni la oposición humana pudieron silenciar aquella Buena Nueva, expresada no en largos discursos, sino en obras concretas y tangibles.
En vida aún de sus propias hermanas, aquel grupo de mujeres emprendió el arriesgado viaje a la India y estableció su primera comunidad en tierras de Asia en Pondicheri. Poco a poco se crearon nuevas residencias. En 1926 llegaron a las estribaciones de los Himalayas y fundaron su primera casa de la región en la pequeña (por entonces) villa de Kalimpong. Hoy trabajan en 27 comunidades de la zona, situadas en lugares tan distantes como Darjeeling, Sikkim, Assam o Nepal.
Quien ha tenido la suerte de conocer su carisma sabe bien que estas mujeres, curtidas por el viento helado de las alturas y el húmedo calor de los llanos, están dispuestas a caminar hasta MÁS ALLÁ DEL EVEREST si oyen la palabra VENID.
Andreu Gusi, Agnès Felis, Rohan Arthur, Federico Sopeña
Mumbai, Enero 2010
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